Espiritualidad, de colores

Sólo cuando lo que sabemos o lo que intuimos respecto a la verdad de las cosas, penetra en nuestro yo emocional, podemos pensar en transformación. Para alguien cuya visión de la existencia se ha abierto totalmente, la transformación también es perfecta, eliminando todo rastro de deseo neurótico, de odio y crueldad; mientras que por otro lado despliega amor, compasión, alegría por la felicidad ajena, profunda tranquilidad y generosidad sin límite. Para lograr esta emoción perfecta, podríamos dar a los demás lo siguiente:

Cosas materiales – Energía, atención y espacio tiempo. – Conocimiento, cultura, valores. – Herramientas que les permita desarrollarse mejor. – Darnos a nosotros mismos, sin egoísmos y con amor para tener siempre abundancia para todos.

Algo de lo más valioso que podemos dar a los demás es espacio-tiempo. ¿Por qué? porque nadie puede guardar el tiempo y esto hace que sea un gran valor. Perderlo en trivialidades no es justo ni razonable. Cada acontecimiento en nuestra vida, debemos apreciarlo tal cual es, para decidir aprovecharlo, guardarlo o desecharlo. Todo acontecer en su justa medida tiene importancia.

Tratemos siempre de pensar bien en lo que vamos a decir o hacer. No nos dejemos llevar por la emoción a priori, hagámoslo usando siempre la experiencia y si no la tenemos, entonces formulémonos una duda deducible. Dudemos para buscar la verdad, nunca por necedad. La práctica habitual del bien puede considerarse la mayor virtud del ser humano.

La emoción perfecta es la que experimentamos cuando pensamos y actuamos por el bien común, sin egoísmo alguno, con justeza. ¿Por qué? porque si todos están bien, también lo estaremos nosotros. Si todo está bien, debe estarlo para todos como hijos del mismo Principio Creador.

Los árboles del Amor son aquellos que yerguen sus raíces hacia el cielo y cuelgan  sus frutos hacia abajo, para que los pequeños también  puedan alimentarse con sus frutos, logrando así, la emoción perfecta.

Rafael Manzanares Benavides